PRAYER’S TO THE THRONE OF GOD! SAEED’S TRUE HOPE!! AMEN

2 Cor 12 9 10

Pastor Saeed’s life is under constant threat in a deadly Iranian prison.

He has awoken at night to dangerous prisoners standing over him with knives. He has been robbed at knifepoint.

He is now suffering from increased stomach pain as Iran refuses to give him his medication. Pastor Saeed’s health is deteriorating from deplorable prison conditions leading to lice, malnourishment, and weight loss.

Iran sent him to disappear. The Obama Administration has abandoned this U.S. citizen. Pastor Saeed has been left for dead.

But we will not let that happen. I am in Europe with an ACLJ legal team meeting with key international leaders urging increased pressure on Iran. Our efforts for increased sanctions continue in Congress. Stand with us.

Sign the Petition to Stand with Pastor Saeed Today.

Jay Sekulow ACLJ Chief Counsel

 

AUDIO:  http://aclj.org/RadioPlayer/pastor-saeed-threatened-knifepoint/Player

PRAYER:  FATHER, PLEASE SEND YOUR ANGEL TO RELEASE SAEED!  I DON’T UNDERSTAND WHY THIS IS HAPPENING; BUT I DO KNOW YOUR IN CONTROL AND IF YOUR WILL HE WILL BE FREED.  SURROUND HIM WITH YOUR HOLY SPIRIT, LOVE, AND COMFORT.  FATHER, PLEASE MAKE IT SO HE RECEIVES THE MEDICAL ATTENTION HE NEEDS.  IN JESUS’S NAME.   AMEN

 

 

CRISTO CRUCIFICADO (Crucifiction of Christ)

Jesus Bk of Life

El Púlpito de la Capilla New Park Street 1
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CRISTO CRUCIFICADO NOS. 7-8  SERMÓN PREDICADO LA MAÑANA DEL DOMINGO 11  DE FEBRERO, 1855, POR CHARLES HADDON SPURGEON, EN EXETER HALL, STRAND, LONDRES.  “Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos  ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura;  mas para los llamados, así judíos como griegos,  Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.” 1 Corintios 1:23, 24.   ¡Cuánto desdén ha derramado Dios sobre la sabiduría de este mun- do! Cómo la ha reducido a nada, haciendo que se muestre sin valor. Le ha permitido que elabore sus propias conclusiones, y que demuestre su propia insensatez. Los hombres se jactaban de ser sabios; decían que podían descubrir a Dios a la perfección; y para que su necedad pudiera ser refutada de una vez por todas, Dios les dio la oportunidad de hacer- lo así. Él dijo: “Sabiduría mundana, te voy a probar. Tú afirmas que eres poderosa, que tu intelecto es vasto y completo, que tu ojo es pene- trante, que puedes descifrar todos los secretos; ahora, mira, Yo te pruebo: te presento un gran problema para que lo resuelvas. Aquí está el universo; las estrellas conforman su bóveda, los campos y las flores lo adornan, y las corrientes recorren su superficie; mi nombre está es- crito allí; las cosas invisibles de Dios se hacen claramente visibles, siendo entendidas por medio de las cosas hechas. Filosofía, te pongo este dilema: encuéntrame. Aquí están mis obras: encuéntrame. Descu- bre en el maravilloso mundo que he creado, la manera de adorarme aceptablemente. Te doy el espacio suficiente para que lo hagas: hay da- tos suficientes. Contempla las nubes, la tierra, y las estrellas. Te doy tiempo suficiente; te daré cuatro mil años, y no interferiré; tú harás como quieras en tu propio mundo. Te daré hombres en abundancia, pues haré grandes y vastas mentes, a quienes llamarás señores de la tierra; tendrás oradores, y tendrás filósofos. Encuéntrame, oh razón, encuéntrame, oh sabiduría; descubre Mi naturaleza, si puedes: encuén- trame a la perfección, si eres capaz; y si no lo eres, entonces cierra tu boca para siempre, y Yo te voy a enseñar que la sabiduría de Dios es más sabia que la sabiduría del hombre; sí, que la locura de Dios es más sabia que los hombres.”  Y ¿cómo resolvió el problema la razón del hombre? ¿Cómo cumplió su proeza? Mira a las naciones paganas; allí verás el resultado de las investigaciones de la sabiduría. En el tiempo de Jesucristo, podrías haber visto la tierra cubierta con el fango de la corrupción: una Sodoma a gran escala, corrupta, inmunda, depravada, entregándose a vicios que no nos atrevemos a mencionar, gozándose en lascivias demasiado abo- minables para que nuestra imaginación se pose en ellas, aunque sea
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por un instante. Encontramos a los hombres postrándose ante bloques de madera y de piedra, adorando a diez mil dioses más viciosos que ellos mismos.  Encontramos, de hecho, que la razón escribió su propia depravación con un dedo cubierto de sangre e inmundicia, y que ella se privó a sí misma de toda su gloria por las viles obras que llevó a cabo. No quiso inclinarse ante Él, que es “claramente visible,” sino que adoró a cual- quier criatura; el reptil que se arrastra, el cocodrilo, la víbora, cualquier cosa podía ser un dios, pero ciertamente no el Dios del Cielo. El vicio podía ser convertido en una ceremonia, y el mayor crimen podía ser exaltado a una religión; pero de la verdadera adoración no conocían na- da.  ¡Pobre razón! ¡Pobre sabiduría! ¡Cómo caíste del cielo! Como Lucero, hijo de la mañana, estás perdida. Tú has escrito tu conclusión, pero es una conclusión de consumada insensatez. “Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó sal- var a los creyentes por la locura de la predicación.”  La sabiduría había tenido su tiempo, y tiempo suficiente; había hecho todo lo que podía, y eso fue muy poco; había hecho al mundo peor de lo que era antes que lo pisara, y ahora Dios dice: “La locura vencerá a la sabiduría; ahora la ignorancia, como la llaman ustedes, va a barrer con su ciencia; ahora la fe humilde, como la de un niño, va a convertir en polvo todos los sistemas colosales que sus manos han api- lado.” Él llama a su ejército. Cristo se lleva la trompeta a Su boca, y vienen todos los guerreros, vestidos con ropas de pescadores, con el acento típico de las orillas del lago de Galilea: unos pobres marineros humildes. ¡Aquí están los guerreros, oh sabiduría, que te van confundir! ¡Estos son los héroes que vencerán a tus orgullosos filósofos! Estos hombres van a plantar su estandarte sobre las murallas en ruinas de tus fortalezas, y les ordenarán que se derrumben para siempre; estos hombres, y sus sucesores, van a exaltar un Evangelio en el mundo del cual se podrán reír ustedes como de algo absurdo, que podrán despre- ciar como una locura, pero que será exaltado sobre los montes, y será glorioso hasta los más altos cielos.   Desde ese día, Dios ha levantado siempre sucesores de los apóstoles. Yo afirmo que soy un sucesor de los apóstoles, no por descendencia de linaje, sino porque cumplo el mismo papel y gozo del privilegio de cual- quier apóstol, y soy tan llamado a predicar el Evangelio como el propio Pablo: si no tan bendecido en la conversión de pecadores, en alguna medida he sido bendecido por Dios; y por tanto, aquí estoy, loco como lo pudiera ser Pablo, necio como Pedro, o cualquiera de esos pescado- res, pero, sin embargo, con el poder de Dios sostengo la espada de la verdad: habiendo venido aquí para “predicar a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.”  Antes de adentrarme en nuestro texto, permítanme decirles breve- mente lo que yo creo que significa predicar a Cristo crucificado. Amigos
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míos, yo no creo que predicar a Cristo crucificado sea dar a nuestra gente una buena dosis de filosofía cada domingo por la mañana y por la noche, desdeñando la verdad de este Santo Libro. No creo que predicar a Cristo crucificado sea hacer a un lado las doctrinas cardinales de la Palabra de Dios, y predicar una religión que es toda ella neblina y bru- ma, sin verdades definidas de ningún tipo. Yo entiendo que quien puede finalizar un sermón sin haber mencionado el nombre de Cristo ni una sola vez, no predica a Cristo crucificado; tampoco predica a Cristo cru- cificado el que deja fuera la obra del Espíritu Santo, el que no menciona ni una sola palabra acerca del Espíritu Santo, de tal forma que sus oyentes pueden decir en verdad: “ni siquiera sabemos si existe un Espí- ritu Santo.”   Y yo tengo mi propia opinión personal, que no se puede predicar a Cristo crucificado a menos que se predique lo que hoy en día se ha da- do en llamar Calvinismo. Yo tengo mis propias ideas que siempre ex- preso con valor. Llamar a esas doctrinas Calvinismo es ponerles un apodo; Calvinismo es el Evangelio y nada más. Yo no creo que podamos predicar el Evangelio, si no predicamos la justificación por fe, sin obras; si no predicamos la soberanía de Dios en Su dispensación de gracia; si no exaltamos el amor de Jehová que elige, que es inmutable, eterno, in- cambiable y conquistador; tampoco creo que podamos predicar el Evangelio, a menos que lo basemos en la redención particular que Cris- to llevó a cabo por Su pueblo elegido; no puedo comprender un Evange- lio que deja que los santos se pierdan después que han sido llamados, y que acepta que los hijos de Dios se quemen en los fuegos de condena- ción a pesar de haber creído. Yo aborrezco un evangelio así. El Evange- lio de la Biblia no es ese evangelio. Nosotros predicamos a Cristo cruci- ficado de una manera diferente, y a todos los adversarios les responde- mos: “Ese no es el Cristo que nosotros conocemos.”  Hay tres temas en el texto. Primero, un Evangelio rechazado: “Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura;” en segundo lugar, un Evangelio triunfante: “Para los llamados, así judíos como griegos;” y en tercer lugar, un Evangelio admirado: es para quienes son llamados, “Poder de Dios, y sabiduría de Dios.”  I. En primer lugar, tenemos aquí UN EVANGELIO RECHAZADO. Uno podría haber esperado que cuando Dios envió Su Evangelio a los hom- bres, todos los hombres escucharían con mansedumbre, y recibirían sus verdades con humildad. Podríamos haber pensado que los minis- tros de Dios no debían sino proclamar que la vida es traída a la luz por el Evangelio, y que Cristo vino para salvar a los pecadores, y todo oído estaría atento, los ojos mirarían con fijeza, y cada corazón estaría abier- to de par en par para recibir esa verdad. Habríamos dicho, juzgando fa- vorablemente a nuestros compañeros, que no podría existir en el mun- do un monstruo tan vil, tan depravado, tan inmundo, capaz de poner piedras en el camino del progreso de la verdad; no hubiéramos concebi- do algo así; sin embargo esa concepción es la verdad.   Cuando el Evangelio fue predicado, en lugar de ser aceptado y admi- rado, un chiflido universal subió al cielo; los hombres no podían sopor-
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tarlo; ellos arrastraron a su primer Predicador hasta la cumbre del monte y le habrían despeñado desde allí, si hubieran podido: inclusive hicieron algo más que eso, lo clavaron en la cruz, y allí dejaron langui- decer en agonía Su vida moribunda, una agonía que nadie ha experi- mentado desde entonces. Todos Sus ministros elegidos han sido odia- dos y aborrecidos por los hombres del mundo; en vez de que los escu- chen, se han burlado de ellos; han sido tratados como si fueran la hez de todas las cosas, y la basura de la humanidad. Miren a los santos hombres de la antigüedad, cómo fueron expulsados de ciudad en ciu- dad, perseguidos, afligidos, atormentados, lapidados en cualquier lugar donde el enemigo tuviera el poder de hacerlo.   Esos amigos de los hombres, esos verdaderos filántropos, que llega- ban con corazones henchidos de amor y manos llenas de misericordia, con labios preñados de fuego celestial y almas que ardían con una san- ta influencia; esos hombres eran tratados como si fueran los espías del campamento, como si fueran desertores de la causa común de la humanidad; como si fueran enemigos y no, como en realidad lo eran, los mejores amigos.  No supongan, amigos míos, que los hombres gustan más del Evange- lio ahora que antes. Existe la idea que nos estamos volviendo mejores. Yo no lo creo. Nos estamos volviendo peores. Tal vez, en ciertas cosas los hombres puedan ser mejores: mejores en lo exterior; pero su cora- zón sigue siendo el mismo. Si se hiciera hoy una disección al corazón humano, sería igualito al corazón humano de hace mil años: la hiel de amargura dentro de ese pecho de ustedes, sería precisamente tan amarga como la hiel de amargura en aquel Simón de antaño. Tenemos en nuestros corazones la misma latente oposición a la verdad de Dios; y por esta razón encontramos que los hombres son iguales que antes, que desprecian el Evangelio.   Hablando del Evangelio rechazado, voy a esforzarme por señalar las dos clases de personas que desprecian de igual manera la verdad. Los judíos lo convierten en tropezadero, y los gentiles lo consideran locura. Ahora, estos dos respetables caballeros, (el judío y el griego), estos anti- guos individuos, no serán objeto de mi condenación, sino que voy a considerarlos como miembros de un gran parlamento, representantes de un buen grupo de votantes, y voy a intentar mostrarles que aunque toda la raza de los judíos fuera erradicada, habría todavía un número muy grande en el mundo que respondería al nombre de judíos, para quienes Cristo es un tropezadero; y que si Grecia fuera tragada por un terremoto, y cesara de ser una nación, habría todavía griegos para quienes el Evangelio sería una locura. Simplemente voy a introducir al judío y al griego, y dejarlos que les hablen a ustedes un momento, para que puedan ver a los caballeros que los representan; los hombres re- presentativos; las personas que los simbolizan, que todavía no han sido llamados por la gracia divina.  El primero es el judío; para él, el Evangelio es tropezadero. El judío era un hombre respetable en su tiempo. Toda la religión formal estaba concentrada en su persona; iba al templo con mucha devoción; daba
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diezmos de todo lo que poseía, incluyendo la menta y el comino. Lo po- días ver ayunando dos veces a la semana, con su rostro muy marcado por la tristeza y la aflicción. Si lo mirabas, tenía la ley en medio de sus ojos; allí estaba la filacteria, y los flecos de sus vestidos eran de una anchura impresionante para que no se pudiera suponer jamás que era un perro gentil; que nadie pudiera concebir jamás que él no fuera un hebreo de raza pura. Él tenía un linaje santo; procedía de una familia piadosa; un buen hombre correcto era él. No podía soportar para nada a esos saduceos que no tenían religión. Él era un hombre religioso ca- bal; apoyaba a su sinagoga; no aceptaba ese templo en el monte Geri- zim; no podía soportar a los samaritanos, y no tenía tratos con ellos; era un celoso de primera magnitud de la religión, un hombre excepcio- nal; un espécimen de hombre moralista, amante de las ceremonias de la ley.  Consecuentemente, cuando oyó acerca de Cristo, preguntó quién era Cristo. “El hijo de un carpintero.” “¡Ah!” “El hijo de un carpintero, y el nombre de su madre era María, y de su padre José.” “Eso en sí mismo, es lo suficientemente presuntuoso,” comentó él, “prueba positiva, de hecho, que no puede ser el Mesías. Y, ¿qué es lo que dice?” Bien, pues dice: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!” “Eso no dará re- sultado.” “Además,” añade, “No es por las obras de la carne que alguien puede entrar en el reino de los cielos.” El judío amarraba de inmediato un doble nudo en su filacteria; pensaba que ordenaría que las franjas de su vestido fueran ampliadas al doble. ¡Inclinarse él ante el Nazareno! No, no; y si simplemente un discípulo atravesaba la calle, él considera- ba el lugar contaminado, y no continuaba en sus pasos. ¿Piensan uste- des que él abandonaría la religión de su anciano padre, la religión que vino del Monte Sinaí, esa antigua religión que se encontraba en el arca y bajo la sombra de los querubines? ¿Renunciar a eso? No. Un vil im- postor: a sus ojos, eso era Cristo. ¡El judío pensaba así! “¡Un tropezade- ro para mí! ¡No puedo oír hablar de eso! No lo quiero escuchar.” Por consiguiente, prestaba oídos sordos a toda la elocuencia del Predicador y no escuchaba nada.  Hasta luego, viejo judío. Tú duermes con tus padres, y tu generación es una raza errante, que todavía camina por la tierra. Hasta luego, ya he terminado contigo. ¡Ay!, pobre infeliz, ese Cristo que era tu tropeza- dero, será tu Juez, y sobre tu cabeza recaerá esa sonora maldición: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.” Pero yo encuentro al señor judío aquí en Exeter Hall: personas que encajan en esa descrip- ción, para quienes Jesucristo es un tropezadero. Permítanme que les haga una descripción de ustedes mismos, de algunos de ustedes. Uste- des también eran miembros de una familia piadosa, ¿no es así? Sí. Y tienen una religión que aman: la aman en cuanto a la crisálida, a la parte externa, la cubierta, la cáscara. No quisieran que se alterara nin- guna regla, ni que ninguno de esos viejos arcos amados fuera elimina- do, ni que los vitrales se cambiaran por nada del mundo; y si alguien dijera una palabra contra tales cosas, lo catalogarían de inmediato co- mo hereje.
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O tal vez ustedes no asisten a un lugar de adoración así, pero aman un lugar de reunión muy antiguo y sencillo, donde sus ancestros ado- raron, o sea, una capilla disidente. ¡Ah!, es un hermoso lugar sencillo; ustedes lo aman, aman sus ordenanzas, aman su exterior; y si alguien hablara contra ese lugar, se sentirían muy vejados. Ustedes creen que lo que hacen allí, debería hacerse en todas partes; de hecho su iglesia es una iglesia modelo; el lugar donde ustedes van, es exactamente el tipo de lugar bueno para todos; y si yo les preguntara por qué tienen la esperanza de ir al cielo, tal vez responderían: “porque soy bautista,” o, “porque pertenezco a la iglesia episcopal,” o cualquier otra denomina- ción a la que pertenezcan. Ya los he descrito. Yo sé que Jesucristo será un tropezadero para ustedes.   Si yo viniera y te dijera que todas tus idas a la casa de Dios no te sir- ven para nada; si yo te dijera que todas esas veces que has estado can- tando y orando, pasaron desapercibidas a los ojos de Dios, porque tú eres un hipócrita y un formalista. Si yo te dijera que tu corazón no tiene la relación correcta con Dios, y que a menos que la tenga, todo lo exter- no no te sirve para nada, yo sé lo que responderías: “No voy a oír más a ese joven.” Es un tropezadero. Pero si entraras a cualquier lugar donde escucharas que se exalta el formalismo; si se te dijera “debes hacer es- to, y debes hacer lo otro, y entonces serás salvado,” eso sí lo aprobarías de buen grado.   Pero cuántas personas hay que son religiosas en lo externo, intacha- bles de carácter, aunque nunca han tenido la influencia regeneradora del Espíritu Santo; que no han sido conducidas a postrarse con su fren- te en el suelo ante la cruz del Calvario; que nunca han vuelto un ojo anhelante hacia el Salvador crucificado; que nunca han puesto su con- fianza en Él, que fue sacrificado a favor de los hijos de los hombres. Ellos aman una religión superficial, pero cuando un hombre habla algo más profundo que eso, declaran que es un discurso enrevesado.   Ustedes pueden amar todo lo externo acerca de la religión, de la misma manera que pueden admirar a un hombre por su ropa: sin que les importe nada el hombre mismo. Si es así, yo sé que pertenecen al grupo que rechaza el Evangelio. Ustedes me oirán predicar; y mientras yo hable de cosas externas, me oirán con atención; mientras yo pro- mueva la moralidad, y argumente en contra de la borrachera, o muestre la atrocidad del incumplimiento del reposo el día domingo, todo irá muy bien; pero si digo una vez: “Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos;” si les digo alguna vez que deben ser elegidos por Dios, que deben ser comprados con la sangre del Salvador, que deben ser convertidos por el Espíritu Santo, ustedes dirán: “¡es un fanático! ¡Que se vaya! ¡Fuera! No queremos oír nada de eso.” Cristo crucificado es para el judío, el formalista, un tropezadero.  Pero se puede encontrar otro espécimen de este judío. Este es com- pletamente ortodoxo en sus sentimientos. En cuanto a formas y cere- monias, no las tiene en un alto concepto. Asiste a un lugar de adora- ción donde aprende sana doctrina. No quiere escuchar nada que no sea la verdad. Le gusta que hagamos buenas obras y tengamos moralidad.
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Es un buen hombre, y nadie le puede encontrar una falla. Está aquí presente, asistiendo como siempre al servicio dominical. En la plaza camina ante los hombres con toda honestidad: eso pensarían ustedes. Pregúntenle acerca de cualquier doctrina, y puede darles toda una dis- quisición al respecto. De hecho, podría escribir todo un tratado sobre cualquier cosa relativa a la Biblia, y también acerca de muchas otras cosas. Lo sabe casi todo; y aquí, en este oscuro ático de la cabeza, su religión se ha establecido; tiene una excelente sala de recibo en su co- razón, pero su religión nunca asiste allí: está cerrada para ella. Él tiene dinero allí: mamón, mundanalidad; o tiene otra cosa: amor de sí mis- mo, orgullo. Tal vez le guste escuchar una predicación práctica; lo ad- mira todo; de hecho ama todo lo que sea correcto. Pero no hay nada bueno dentro de él: o más bien, todo es sonido sin sustancia. Le gusta escuchar sana doctrina; pero ésta no penetra el hombre interior. Nunca lo ves llorar. Predícale acerca de Cristo crucificado, un tema glorioso, y nunca verás que una lágrima ruede por sus mejillas; cuéntale acerca de la poderosa influencia del Espíritu Santo: te puede admirar por ello, pe- ro la mano del Espíritu Santo no ha tocado nunca su alma; háblale acerca de la comunión con Dios, en qué consiste sumergirse en el mar más profundo de la Deidad, y perderse en su inmensidad: al hombre le encanta oír eso, pero nunca lo ha experimentado, nunca ha tenido co- munión con Cristo; y cuando comienzas a calarle hondo, cuando lo acuestas sobre la mesa, y sacas tu bisturí de disección y comienzas a hacer tus cortes y le muestras su propio corazón, y le dejas ver lo que él es por naturaleza, y en lo que debe convertirse por gracia, el hombre se sobresalta; no puede soportar eso; no acepta nada de esto: recibir y aceptar a Cristo en el corazón. Aunque lo ama lo suficiente con su ce- rebro, es para él un tropezadero, y lo desecha. ¿Se reconocen descritos aquí, amigos míos? ¿Se ven ustedes como los ven otras personas? ¿Se ven ustedes como los ve Dios? Pues así es, posiblemente aquí hay mu- chas personas para quienes Cristo es un tropezadero como lo ha sido siempre para otros.   ¡Oh, ustedes que son formalistas! Me dirijo ahora a ustedes; oh, us- tedes que prefieren la cáscara de la nuez pero aborrecen la propia nuez; oh, ustedes, a quienes les gustan las galas y el vestido, pero a quienes no les importa la hermosa virgen que está ataviada con ellos: oh, uste- des que admiran la pintura y el oropel, pero que aborrecen el oro fino, les hablo a ustedes; les pregunto: ¿les da su religión un sólido consue- lo? ¿Pueden mirar a la muerte a la cara con ese consuelo, y afirmar: “Yo sé que mi Redentor vive”? ¿Pueden cerrar sus ojos en la noche, y cantar como su himno de vísperas?— “Yo debo aguantar hasta el fin, Tan convencido como la señal me es dada.”  ¿Puedes bendecir a Dios en la aflicción? ¿Puedes sumergirte con el pesado equipo que cargas y nadar a través de las corrientes de las pruebas? ¿Puedes marchar triunfante en el escondrijo del león, reírte de la aflicción y ofrecer un desafío al infierno? ¿Puedes hacer esto? ¡No! Tu evangelio es afeminado; es una cosa de palabras y sonidos, y no de
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poder. Arrójalo lejos de ti, te lo imploro: no vale la pena que lo conser- ves; pues cuando te presentes ante el trono de Dios, descubrirás que te fallará, y lo hará de tal manera que te impedirá encontrar otro; pues perdido, arruinado, destruido, te darás cuenta que Cristo que ahora es ………, “tropezadero,” entonces será tu Juez.  He descrito al judío, y ahora voy a descubrir al griego. Él es una per- sona de un exterior muy diferente al judío. Para el griego la filacteria es una basura; y desprecia los flecos extendidos de sus mantos. Las for- mas de religión no le importan; de hecho siente una intensa aversión hacia los sombreros de alas anchas, y hacia cualquier cosa que repre- sente un despliegue externo. Aprecia la elocuencia; admira cualquier formulación inteligente; ama los dichos singulares; le encanta la lectura del último libro; es un griego, y para él, el Evangelio es una locura. El griego es un caballero que puede ser encontrado hoy en la mayoría de los lugares: producido algunas veces en las universidades, formado constantemente en las escuelas, fabricado en todas partes. Está en la casa de cambio; en el mercado; posee un almacén; anda en carruajes; es un noble, un caballero; está en todas partes, inclusive en la corte. Es sabio en todo. Pregúntale cualquier cosa y él la sabe. Pídele una cita de cualquiera de los poetas antiguos, o de cualquier otra persona, y él te la puede proporcionar. Si tú eres un musulmán y argumentas las creen- cias de tu religión, él te escuchará muy pacientemente. Pero si tú eres un cristiano, y le hablas de Jesucristo, él te responderá: “Pon un alto a tu discurso enrevesado, no quiero oír nada acerca de eso.” Este caballe- ro griego cree en cualquier filosofía, excepto en la verdadera; estudia toda sabiduría, excepto la sabiduría de Dios; busca todo conocimiento excepto el conocimiento espiritual; le gusta todo lo que el hombre hace, pero no le gusta nada que venga de Dios; es una locura para él, locura abominable. Sólo tienes que platicar acerca de una doctrina de la Bi- blia, y se tapa los oídos; ya no desea más tu compañía; es locura.  Yo me he encontrado a este caballero muchas veces. Cuando lo vi en una ocasión, me comentó que no creía en ninguna religión; y cuando le dije que yo sí creía, y que tenía la esperanza de ir al cielo al morir, él respondió que se atrevía a decir que eso era muy cómodo, pero que no creía en la religión, y que estaba seguro que era mejor vivir según lo dictara la naturaleza. En otra ocasión habló bien de todas las religio- nes, y creía que eran muy buenas y todas ellas verdaderas, cada una en lo suyo; y estaba convencido que si un hombre era sincero en cualquier tipo de religión, no tendría problemas al llegar a al fin. Yo le respondí que no estaba de acuerdo, y que yo creía que no había sino una sola religión revelada por Dios: la religión de los elegidos de Dios, la religión que es el don de Jesús. Después dijo que yo era un fanático intolerante y se despidió. Para él era locura. No quería saber nada de mí. O acepta- ba todas las religiones o no aceptaba ninguna.   En otra oportunidad le detuve sosteniendo el botón de su saco, y dis- cutí con él un poco acerca de la fe. Él dijo: “Todo eso está muy bien, creo que esa es sana doctrina protestante.” Pero al instante yo mencio- né algo acerca de la elección, y comentó: “no me gusta eso; muchas
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personas han predicado eso con muy malos resultados.” Luego sugerí algo acerca de la gracia inmerecida; pero no podía soportar tampoco eso, era una locura para él. Se trataba de un griego muy pulido, y pen- saba que si no era un elegido, debía serlo. Nunca le gustó el pasaje bí- blico: “Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios;. . . y lo que no es, para deshacer lo que es.” Él consideraba que eso era algo vergonzoso de la Biblia; y que cuando el libro fuera revisa- do, no dudaba que sería eliminado.   Para tal persona (pues está presente aquí el día de hoy, y ha venido muy probablemente para oír una caña sacudida por el viento), tengo que decir esto: “¡Ah!, hombre sabio, lleno de sabiduría del mundo; tu sabiduría te sostendrá aquí, pero ¿qué harás en las crecidas aguas del Jordán? La filosofía te puede ayudar para que te apoyes en ella mien- tras caminas en este mundo; pero el río es profundo, y tú vas a necesi- tar algo más que eso.   Si no tienes el brazo del Altísimo para que te sostenga en la corriente y te anime con las promesas, te hundirás, amigo; con toda tu filosofía, te hundirás; con todos tus conocimientos, te hundirás, y serás arras- trado a ese terrible océano de tormento eterno, donde permanecerás pa- ra siempre. ¡Ah!, griegos, podrá ser locura para ustedes, pero verán al Hombre, su Juez, y entonces lamentarán aquel día en que dijeron que el Evangelio era una locura.   II. Habiendo predicado hasta este punto acerca del rechazo del Evangelio, ahora voy a hablar brevemente sobre el EVANGELIO TRIUN- FANTE. “Mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.” Aquel hombre que está por allá, rechaza el Evangelio, desprecia la gracia, y se ríe de todo esto como de un enga- ño. Por aquí está otro hombre que se ríe también; pero Dios los pondrá de rodillas. Cristo no murió en vano. El Espíritu Santo no obrará en vano.   Dios ha dicho: “Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.” “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho.” Si un pecador no es salvado, otro lo será. El judío y el grie- go no despoblarán nunca el cielo. Los coros de gloria no perderán un solo cantor a causa de toda la oposición de judíos y griegos; pues Dios lo ha dicho; algunos serán llamados; algunos serán salvados; algunos serán rescatados— “Perezca el mérito, como debe ser, aborrecido,  Y el necio con él, el que insulta a su Señor. La expiación que el amor del Redentor ha obrado No es para ti; el justo no la necesita. ¿Ves aquella prostituta que invita a todos los que encuentra, Esa molesta presencia que se pudre en nuestras calles, Ofreciéndose de la mañana a la noche, y a la otra mañana, Que se aborrece a sí misma y que ustedes desprecian?: La lluvia de gracia, inmerecida y libre,  Caerá sobre ella cuando el cielo te la niegue a ti. De todo lo que dicta la sabiduría, esta es la esencia, Que el hombre está muerto en el pecado, y la vida es un don.”
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Si los justos y los buenos no son salvados, si rechazan el Evangelio, hay otros que serán llamados, otros que serán rescatados, pues Cristo no perderá los méritos de Sus agonías, ni lo que fue comprado con Su sangre.   “Mas para los llamados.” Esta semana recibí una nota en la que me solicitaban que explicara la palabra “llamados;” porque en un pasaje dice “Porque muchos son llamados, y pocos escogidos,” mientras que en otro daría la impresión que todos los que son llamados deben ser elegi- dos. Ahora, déjenme mencionarles que hay dos llamados. Como mi viejo amigo John Bunyan afirma, “la gallina tiene dos llamados, el cloqueo común, que hace a diario y a cada hora, y el cloqueo especial que dirige a sus pollitos.” De la misma manera hay un llamado general, un llama- do que se hace a cada hombre; todo hombre lo oye. Muchos son llama- dos por su medio; ustedes son llamados el día de hoy en ese sentido; pero muy pocos son elegidos.   El otro es un llamado especial, el llamado a los hijos. Ustedes saben cómo suena la campana en el taller para llamar a los hombres al traba- jo: ese es un llamado general. Un padre va a la puerta y llama: “Juan, es hora de la cena.” Ese es el llamado especial. Muchos son llamados mediante el llamado general, pero ellos no son elegidos; el llamado es- pecial es únicamente para los hijos, y eso es lo que el texto significa, “Mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.” Ese llamado es siempre un llamado especial.   Aunque yo estoy aquí y llamo a los hombres, nadie viene; aunque yo predico a los pecadores de manera universal, no se logra ningún bien; es como el relámpago sin ruido (fucilazo) que se ve algunas veces en los atardeceres de verano, hermoso, grandioso, pero ¿quién ha oído que haya caído alguna vez sobre algún objeto? Mas el llamado especial es como el rayo bifurcado caído del cielo; golpea en algún lado; es la flecha que se clava por entre las junturas de la armadura. El llamado que sal- va es como el de Jesús, cuando dijo, “María,” y ella le respondió, “¡Ra- boni!”  ¿Sabes algo de ese llamado especial, amado hermano? ¿Te ha llama- do Jesús por tu nombre alguna vez? ¿Puedes recordar la hora cuando Él susurró tu nombre a tu oído, cuando te dijo: “Ven a Mí”? Si es así, concederás que es verdad lo que voy a decir al respecto: que es un lla- mado eficaz. Es irresistible. Cuando Dios llama con Su llamamiento es- pecial, no se puede dejar de acudir. ¡Ah!, yo sé que yo me reía de la reli- gión; yo la despreciaba, la aborrecía; ¡pero ese llamado! ¡Oh!, yo no que- ría venir. Pero Dios dijo, “tú vendrás. Todo lo que el Padre me da, ven- drá a mí.” “Señor, yo no lo haré.” “Claro que lo harás,” dijo Dios. Y yo había ido algunas veces a la casa de Dios casi con una determinación de no escuchar, pero debía escuchar. ¡Oh, cómo penetró en mi alma la palabra! ¿Acaso tenía algún poder de resistir? No; fui derribado; cada hueso parecía fracturado; yo fui salvado por la gracia eficaz.   Yo apelo a su experiencia, amigos míos. Cuando Dios los tomó de la mano, ¿hubieran podido resistirse? Ustedes se enfrentaron a su minis- tro innumerables veces. La enfermedad no los quebrantó; las dolencias
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no los condujeron a los pies de Dios; la elocuencia no los convenció; pe- ro cuando Dios puso manos a la obra, ¡ah!, entonces qué cambio se dio; como Saulo, cuando iba hacia Damasco con sus caballos, escuchó esa voz del cielo que decía, “Yo soy Jesús, a quien tú persigues.” “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” En ese momento no había forma de continuar. Ese era un llamado eficaz. Como ese, también, que Jesús le hizo a Zaqueo, cuando estaba subido en el árbol: colocándose bajo el árbol, Él dijo, “Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa.” Zaqueo fue atrapado en la red; él oyó su propio nombre; el llamamiento penetró su alma; no podía quedarse en el árbol, pues un impulso Todopoderoso lo hizo bajar.   Y yo podría mencionarles algunos ejemplos especiales de personas que han asistido a la casa de Dios y han escuchado la descripción de su carácter delineado a la perfección, de tal forma que han dicho, “me está describiendo, me está describiendo.” Lo mismo que yo podría decir a ese joven que robó los guantes de su jefe ayer, que Jesús lo llama al arrepentimiento. Podría ser que aquí hubiera una persona así; y cuan- do el llamamiento viene a una persona en particular, generalmente vie- ne con un poder especial. Dios da a Sus ministros una brocha especial y les enseña cómo usarla para pintar cuadros vivos, y de esta manera el pecador oye el llamamiento especial. Yo no puedo hacer el llamamiento especial; Dios es el único que puede hacerlo, y por eso yo se lo dejo a Él. Algunos deben ser llamados. Judíos y griegos podrán reírse, pero aun así hay algunos que son llamados, tanto judíos como griegos.  Entonces, para concluir este segundo punto, es una gran misericor- dia que muchos judíos hayan sido conducidos a olvidarse de su justicia propia; muchos legalistas han sido conducidos a abandonar su legalis- mo y a venir a Cristo, muchos griegos han inclinado su genio ante el trono del Evangelio de Dios. Nosotros tenemos unos cuantos de ellos. Como afirma Cowper— “Nosotros nos jactamos de ricos a quienes el Evangelio doblega Y de uno que lleva una corona y ora; Se muestran como vestigios de un olivo, Aquí y allá vemos alguno ubicado en la rama más alta.”   III. Ahora llegamos a nuestro tercer punto, UN EVANGELIO ADMI- RADO; para los llamados por Dios, es el poder de Dios, y la sabiduría de Dios. Ahora, amados hermanos, este debe ser un asunto de pura ex- periencia entre sus almas y Dios. Si ustedes son llamados por Dios el día de hoy, lo sabrán. Yo sé que hay momentos en los que el cristiano debe decir— “Es un punto que anhelo conocer, A menudo genera un pensamiento ansioso; ¿Amo al Señor o no? ¿Le pertenezco a Él, o no?”  Pero si un hombre nunca se ha reconocido cristiano en su vida, nun- ca ha sido un cristiano. Si nunca ha tenido un momento de confianza en el que pudiera decir: “yo sé a quién he creído,” pienso que no estoy siendo duro cuando afirmo que ese hombre no pudo haber nacido de nuevo; pues no puedo entender cómo un hombre pueda nacer de nuevo
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y no lo sepa; no entiendo cómo un hombre pueda haber sido asesinado y reviva, sin que se dé cuenta; cómo un hombre pueda pasar de la muerte a la vida, y no lo sepa; cómo un hombre pueda ser llamado de las tinieblas a una luz admirable y no se dé cuenta. Yo tengo la certeza que lo sé, cuando digo en alta voz mi vieja estrofa— “Ahora libre de pecado camino en libertad, La sangre de mi Salvador es mi exoneración total; A Sus pies amados contento me siento, Un pecador salvado, homenaje yo rindo.”  Hay momentos en los que los ojos brillan llenos de gozo; y en los que podemos decir, “estamos persuadidos, confiados, seguros.” Yo no qui- siera angustiar a nadie que tenga dudas. A menudo prevalecerán pen- samientos sombríos; hay ocasiones en las que ustedes podrían tener el temor de no haber sido llamados; cuando tienen dudas de su interés en Cristo. ¡Ah, cuán grande misericordia es que no sea su asimiento de Cristo el que los salve, sino el que Cristo los sostenga a ustedes! Cuán dulce realidad es que no depende de cómo se aferran a Su mano, sino de cómo Él se aferra a la mano de ustedes, lo que los salva. Sin embar- go, yo creo que ustedes deben saber en un momento u otro, si son lla- mados por Dios. Si es así, me seguirán en la parte siguiente de mi ser- món, que es un asunto de pura experiencia; para nosotros que somos salvos, es “Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.”  El Evangelio es para el verdadero creyente una cosa de poder. Es Cristo el poder de Dios. Ay, hay un poder en el Evangelio de Dios que está más allá de toda descripción. Una vez yo, como Mazepa, atado so- bre el caballo salvaje de mi lujuria, atado de pies y manos, incapaz de resistir, iba galopando perseguido por los lobos del infierno, que aulla- ban tras mi cuerpo y mi alma, como su presa justa y legal. Pero vino una poderosa mano que detuvo al caballo salvaje, cortó mis ataduras, me bajó y me condujo a la libertad. ¿Hay poder allí, amigo mío? Ay, hay poder, y quien lo haya sentido debe reconocerlo.   Hubo un tiempo en el que yo vivía en el impenetrable castillo de mis pecados, y confiaba en mis obras. Pero vino un pregonero a la puerta, y me ordenó que la abriera. Lleno de ira lo reprendí desde el vestíbulo y le dije que nunca entraría. Vino luego un personaje bueno, con un rostro lleno de amor; Sus manos tenían las marcas de cicatrices producidas por clavos, y Sus pies también tenían marcas de clavos; levantó Su cruz, usándola como un martillo; al primer golpe, la puerta de mi pre- juicio se sacudió; al segundo golpe, tembló más; al tercero, se derrum- bó, y Él entró; y dijo: “Levántate, y ponte de pie, pues te he amado con amor eterno.” ¡Una cosa de poder! ¡Ah!, es una cosa de poder. ¡Yo la he sentido aquí, en este corazón! Tengo dentro de mí el testimonio del Es- píritu, y sé que es una cosa de poder porque me ha conquistado; me ha doblegado— “Únicamente Su gracia inmerecida, de principio a fin, Ha ganado mi afecto, y ha sostenido firme mi alma.”  Para el cristiano, el Evangelio es un asunto de poder. ¿Qué es lo que hace que el joven se convierta en un misionero para la causa de Dios, que deje a su padre y su madre, y que se vaya a lejanas tierras? Es una
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cosa de poder la que lo logra: es el Evangelio. ¿Qué es lo que constriñe a aquel ministro, en medio de la peste del cólera, a subir esas rechinan- tes escaleras, para estar junto al lecho de alguna moribunda criatura atacada por esa espantosa enfermedad? Debe ser un elemento de poder el que lo guía a arriesgar su vida; es el amor por la cruz de Cristo el que le ordena hacerlo.  ¿Qué es lo que habilita a un hombre para que se pare frente a una multitud de compañeros, tal vez sin que ellos lo esperen, con la deter- minación de no hablar de otra cosa sino de Cristo crucificado? ¿Qué es lo que le permite clamar: ¡Ea!, como el caballo de guerra de Job parecía decirlo en la batalla, moviéndose glorioso en poder? Es un elemento de poder el que lo hace: es Cristo crucificado. Y ¿qué es lo que da valor a esa tímida mujer para que camine por ese oscuro sendero en el atarde- cer lluvioso, para sentarse junto a la víctima de una fiebre contagiosa? ¿Qué es lo que la fortalece para atravesar esa guarida de ladrones, y pasar junto al libertino y al profano? ¿Qué es lo que la motiva para en- trar en ese osario de muerte, y sentarse allí musitando palabras de consuelo? ¿Acaso ella va allí por el oro? Son demasiado pobres para que le puedan dar oro. ¿Acaso ella va allí buscando la fama? Ella nunca se- rá conocida, ni participará en las crónicas de las mujeres poderosas de esta tierra. ¿Qué es lo que la motiva a hacerlo? ¿Acaso es su amor al mérito? No; ella sabe que no tiene ningún merecimiento ante el alto cie- lo. ¿Qué es lo que la impulsa a hacerlo? Es el poder del Evangelio en su corazón; es la cruz de Cristo; ella la ama, y por tanto dice— “Si todo el reino de la naturaleza fuese mío Eso sería un regalo demasiado pequeño; Amor tan sorprendente, tan divino, Es lo que requiere mi alma, mi vida, mi todo.”  Pero yo contemplo otra escena. Un mártir es llevado rápidamente a la hoguera; los verdugos están a su alrededor; la turba se burla, pero él marcha hacia delante con firmeza. Vean, lo atan a la hoguera poniendo una cadena en su cintura; apilan leños a su alrededor; una flama es encendida; escuchen sus palabras; “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre.” Las llamas están ardiendo alre- dedor de sus piernas; el fuego lo está quemando hasta los huesos; mí- renlo cómo levanta sus manos mientras dice: “yo sé que mi Redentor vive, y aunque el fuego devore mi cuerpo, en mi carne he de ver a Dios.” Véanlo cómo se aferra a la hoguera, y la besa como si la amara, y escú- chenle decir: “por cada cadena de hierro con la que el hombre me ciña, Dios me dará una cadena de oro; por todos estos leños y esta ignominia y vergüenza, Él incrementará el peso de mi eterna gloria.” Miren, todas las partes inferiores de su cuerpo han sido consumidas; todavía vive la tortura; al fin se dobla y la parte superior de su cuerpo se desploma; y al caer le escuchas decir: “En tus manos encomiendo mi espíritu.” Se- ñores, ¿qué magia sorprendente había en él? ¿Qué fue lo que fortaleció a ese hombre? ¿Qué le ayudó a soportar esa crueldad? ¿Qué le hizo permanecer inconmovible en medio de las llamas? Fue el elemento de
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poder; fue la cruz de Jesús crucificado. Pues “para los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.”  Pero contemplen otra escena completamente diferente. Allí no encon- tramos una multitud; es una habitación silenciosa. Encontramos un pobre jergón, una cama solitaria: un médico la acompaña. Allí está una jovencita; su rostro está pálido por la tisis; desde hace tiempo el gusano ha carcomido su mejilla, y aunque algunas veces regresa su rubor, es más bien el rubor de muerte del destructor engañoso. Allí yace, pálida y débil, descolorida, desgastada, moribunda: sin embargo, vean una son- risa en su rostro, como si hubiese visto un ángel. Habla, y hay música en su voz. La Juana de Arco de la historia no era ni la mitad de podero- sa como esa muchacha. Ella lucha con dragones en su lecho de muerte; pero miren su serenidad, y oigan su soneto agonizante— “¡Jesús!, amante de mi alma,  Déjame apresurarme a tu pecho,  Mientras revientan junto a mí las olas, ¡Mientras la tempestad se crece! ¡Escóndeme, oh mi Salvador! ¡Escóndeme Hasta que pase la tormenta de la vida! Guíame con seguridad al puerto seguro; ¡Oh, recibe, al final, mi alma!  Y con una sonrisa cierra sus ojos en la tierra, para abrirlos en el cie- lo. ¿Qué es lo que le permite morir de esa manera? Es el poder de Dios para salvación; es la cruz; es Jesús crucificado.  Tengo muy poco tiempo para reflexionar sobre el último punto, y le- jos de mí está el querer cansarlos con un sermón largo y prosaico, pero debemos dar un vistazo a la otra afirmación: Cristo es, para los llama- dos, sabiduría de Dios, así como poder de Dios. Para un creyente, el Evangelio es la perfección de la sabiduría, y si no lo considera así el im- pío, es debido a la perversión del juicio a consecuencia de su deprava- ción.  Una idea ha poseído durante largo tiempo a la mente pública, y es que un hombre religioso difícilmente puede ser un hombre sabio. La costumbre ha sido hablar de los infieles, de los ateos y de los deístas como hombres de pensamiento profundo y vasto intelecto; y temblar por el polemista cristiano, como si fuera a caer con certeza a manos de su enemigo. Mas esto es puramente un error; pues el Evangelio es la suma de la sabiduría; el epítome del conocimiento; una tesorería de la verdad; y una revelación de secretos misterios. En él vemos cómo la justicia y la misericordia pueden casarse; aquí vemos a la ley inexorable enteramente satisfecha, y al amor soberano cargando al pecador en triunfo. Nuestra meditación sobre él engrandece la mente; y en la medi- da que se abre a nuestra alma en destellos sucesivos de gloria, nos quedamos atónitos ante la profunda sabiduría manifiesta en él.   ¡Ah, queridos amigos! Si buscan sabiduría, la verán desplegada en toda su grandeza, no en el balanceo de las nubes, ni en la firmeza de los cimientos de la tierra; no en la marcha mesurada de los ejércitos del firmamento, ni en el movimiento perpetuo de las olas del mar; no en la vegetación con todas sus hermosas formas de belleza; ni tampoco en el
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animal con su maravilloso tejido de nervio, y vena, y músculo: ni en el hombre, esa última y más elevada obra del Creador. ¡Pero vuelvan su vista y vean este grandioso espectáculo! Un Dios encarnado sobre la cruz; un sustituto expiando la culpa mortal; un sacrificio satisfaciendo la venganza del cielo; liberando al pecador rebelde.   Aquí hay sabiduría esencial; entronizada, coronada, glorificada. Ad- miren esto, ustedes hombres de la tierra, y no sean ciegos: y ustedes, que se glorían de sus conocimientos, inclinen sus cabezas en señal de reverencia, y reconozcan que toda su habilidad no pudo haber concebi- do un Evangelio a la vez justo para Dios y seguro para el hombre.  Amigos míos, recuerden que a la vez que el Evangelio es en sí mismo sabiduría, también confiere sabiduría a sus estudiantes; enseña a los jóvenes sabiduría y discreción, y da entendimiento al simple. Un hom- bre que sea un admirador creyente y un amante sincero de la verdad, como lo es en Jesús, está en un lugar correcto para seguir con beneficio cualquier otra rama de la ciencia. Yo confieso que poseo en mi cabeza ahora un estante para cada cosa. Sé dónde poner cualquier cosa que leo; sé dónde almacenar cualquier cosa que aprendo. Antes, cuando leía libros, ponía todo mi conocimiento aglomerado en una gloriosa confu- sión; pero desde que conocí a Cristo, he puesto a Cristo en el centro como mi sol, y cada ciencia gira alrededor de Él como un planeta, en tanto que las ciencias menores son satélites de esos planetas. Cristo es para mí la sabiduría de Dios. Ahora puedo aprender de todo. La ciencia de Cristo crucificado es la más excelente de las ciencias; es para mí la sabiduría de Dios.  ¡Oh, joven amigo, construye tu estudio en el Calvario! Levanta allí tu observatorio, y mediante la fe escudriña las cosas elevadas de la natu- raleza. Toma una celda de ermitaño en el huerto de Getsemaní, y lava tu rostro en las aguas de Siloé. Adopta a la Biblia como tu clásico es- tándar; que sea tu última apelación en materia de disputas. Que su luz sea tu iluminación, y entonces te convertirás en alguien más sabio que Platón; más erudito que los siete sabios de la antigüedad.   Y ahora, mis queridos amigos, solemnemente y de todo corazón, co- mo ante los ojos de Dios, yo apelo a ustedes. Están congregados aquí el día de hoy, yo sé, por diferentes motivos; algunos han venido por curio- sidad; otros son mis oyentes regulares; algunos han venido desde un lugar y otros de otro. ¿Qué me han oído decir el día de hoy? Les he hablado de dos clases de personas que rechazan a Cristo; el devoto fa- nático que posee una religión formal y nada más; y el hombre del mun- do, que llama a nuestro Evangelio una locura.   Ahora, pon tu mano en tu corazón y pregúntate esta mañana: “¿Soy yo uno de éstos?” Si lo eres, entonces camina por la tierra con todo tu orgullo; entonces, vete por donde viniste; pero debes saber que por todo esto, el Señor te llevará a juicio; debes saber que tus gozos y delicias se desvanecerán como un sueño, “y, como la infundada trama de una vi- sión,” será barrida para siempre. Debes saber esto, oh hombre, que un día en los salones de Satanás, abajo en el infierno, tal vez te vea entre los miles de espíritus que dan vueltas por siempre en un círculo perpe-
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tuo con sus manos en sus corazones. Si tu mano es transparente, y tu carne es transparente, voy a mirar a través de tu mano y de tu carne, y voy a ver a tu corazón. Y, ¿cómo lo veré? ¡Colocado en un estuche de fuego; un estuche de fuego! Y allí darás vueltas para siempre, con el gusano que roe tu corazón por dentro, que nunca morirá; un estuche de fuego aprisionando tu corazón que nunca muere, que siempre es tor- turado. ¡Buen Dios!, no permitas que estos hombres todavía rechacen y desprecien a Cristo; permite que este sea el momento en que sean lla- mados.  Para el resto de ustedes que son llamados, no necesito decir nada. Entre más vivan, encontrarán que el Evangelio es cada vez más podero- so; entre más profundamente sean enseñados por Cristo, entre más vi- van bajo la constante influencia del Espíritu Santo, más reconocerán que el Evangelio es una cosa de poder, y más entenderán que es una cosa de sabiduría. ¡Que toda bendición descanse en ustedes; y que Dios esté con nosotros siempre!— “Que los hombres y los ángeles caven las minas Donde brilla el dorado tesoro de la naturaleza; Colocado cerca de la doctrina de la cruz, Todo el oro de la naturaleza parece como escoria. Si viles blasfemos con desdén Declaran las verdades de Jesús vanas Enfrentaremos el escándalo y la vergüenza Y cantaremos con triunfo en Su nombre.”

Cristo Vence, Cristo Reina

Cristo Vence, Cristo Reina (Photo credit: Ignatius244)

THANKSGIVING NOVEMBER 2013

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Lincoln proclaimed Thanksgiving a national holiday in 1863.
The year that is drawing toward its close has been filled with the blessings of fruitful fields and healthful skies. To these bounties, which are so constantly enjoyed that we are prone to forget the source from which they come, others have been added which are of so extraordinary a nature that they can not fail to penetrate and soften even the heart which is habitually insensible to the ever-watchful providence of Almighty God.In the midst of a civil war of unequaled magnitude and severity, which has sometimes seemed to foreign states to invite and to provoke their aggression, peace has been preserved with all nations, order has been maintained, the laws have been respected and obeyed, and harmony has prevailed everywhere, except in the theater of military conflict, while that theater has been greatly contracted by the advancing armies and navies of the Union.Needful diversions of wealth and of strength from the fields of peaceful industry to the national defense have not arrested the plow, the shuttle, or the ship; the ax has enlarged the borders of our settlements, and the mines, as well as the iron and coal as of our precious metals, have yielded even more abundantly than heretofore. Population has steadily increased notwithstanding the waste that has been made in the camp, the siege, and the battlefield, and the country, rejoicing in the consciousness of augmented strength and vigor, is permitted to expect continuance of years with large increase of freedom.

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A Not-So-Traditional Thanksgiving 

 

No human counsel hath devised nor hath any mortal hand worked out these great things. They are the gracious gifts of the Most High God, who, while dealing with us in anger for our sins, hath nevertheless remembered mercy.It has seemed to me fit and proper that they should be solemnly, reverently, and gratefully acknowledged, as with one heart and one voice, by the whole American people. I do therefore invite my fellow-citizens in every part of the United States, and also those who are in foreign lands, to set apart and observe the last Thursday of November next as a day of thanksgiving and praise to our beneficent Father who dwelleth in the heavens. And I recommend to them that while offering up the ascriptions justly due to Him for such singular deliverances and blessings they do also, with humble penitence for our national perverseness and disobedience, commend to His tender care all those who have become widows, orphans, mourners, or sufferers in the lamentable civil strife in which we are unavoidably engaged, and fervently implore the imposition of the Almighty hand to heal the wounds of the nation and to restore it, as soon as may be consistent with the divine purpose, to the full enjoyment of peace, harmony, tranquillity, and union.In testimony whereof I have hereunto set my hand and caused the seal of the United States to be affixed.

Done at the city of Washington, this 3d day of October, A.D. 1863, and of the Independence of the United States the eighty-eighth.

Read more: Thanksgiving Proclamation http://www.infoplease.com/spot/tgproclamation.html#ixzz2CxiM1Wk4

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CHARLES SPURGEON ON THANKSGIVING

1 Thessalonians 5:18  (KJV)

18 In every thing give thanks: for this is the will of God in Christ Jesus concerning you.

TITLE. A Psalm of Praise; or rather of thanksgiving. This is the only psalm bearing this precise inscription. It is all ablaze with grateful adoration, and has for this reason been a great favourite with the people of God ever since it was written. “Let us sing the Old Hundredth” is one of the every-day expressions of the Christian church, and will be so while men, exist whose hearts are loyal to the Great King. Nothing can be more sublime this side heaven than the singing of this noble psalm by a vast congregation. Watts’ paraphrase, beginning “Before Jehovah’s awful throne, “and the Scotch “All people that on earth do dwell, “are both noble versions; and event Tare and Brady rise beyond themselves when they sing—

“With one consent let all the earth To God their cheerful voices raise.”

In this divine lyric we sing with gladness the creating power and goodness of the Lord, even as before with trembling we adored his holiness.


EXPOSITIONVerse 1. Make a joyful noise unto the LORD, all ye lands. This is a repetition of Ps 98:4. The original word signifies a glad shout, such as loyal subjects give when their king appears among them. Our happy God should be worshipped by a happy people; a cheerful spirit is in keeping with his nature, his acts, and the gratitude which we should cherish for his mercies. In every land Jehovah’s goodness is seen, therefore in every land should be be praised. Nearer will the world be in its proper condition till with one unanimous shout it adores the only God. O ye nations, how long will ye blindly reject him? Your golden age will never arrive till ye with all your hearts revere him.

Verse 2. Serve the LORD with gladness. “Glad homage pay with awful mirth.” He is our Lord, and therefore he is to be served; he is our gracious Lord, and therefore to be served with joy. The invitation to worship here given is not a melancholy one, as though adoration were a funeral solemnity, but a cheery gladsome exhortation, as though we were bidden to a marriage feast. Come before his presence with singing. We ought in worship to realise the presence of God, and by an effort of the mind to approach him. This is an act which must to every rightly instructed heart be one of great solemnity, but at the same time it must not be performed in the servility of fear, and therefore we come before him, not with weepings and wailings, but with Psalms and hymns. Singing, as it is a joyful, and at the same time a devout, exercise, should be a constant form of approach to God. The measured, harmonious, hearty utterance of praise by a congregation of really devout persons is not merely decorous but delightful, and is a fit anticipation of the worship of heaven, where praise has absorbed prayer, and become the sole mode of adoration. How a certain society of brethren can find it in their hearts to forbid singing in public worship is a riddle which we cannot solve. We feel inclined to say with Dr. Watts

“Let those refuse to sing Who never knew our God; But favourites of the heavenly king Must speak his praise abroad.”

Verse 3. Know ye that the Lord, he is God. Our worship must be intelligent. We ought to know whom we worship and why. “Man, know thyself, “is a wise aphorism, yet to know our God is truer wisdom; and it is very questionable whether a man can know himself until he knows his God. Jehovah is God in the fullest, most absolute, and most exclusive sense, he is God alone; to know him in that character and prove our knowledge by obedience, trust, submission, zeal, and love is an attainment which only grace can bestow. Only those who practically recognise his Godhead are at all likely to offer acceptable praise. It is he that hath made us, and not we ourselves. Shall not the creature reverence its maker? Some men live as if they made themselves; they call themselves “self-made men, “and they adore their supposed creators; but Christians recognise the origin of their being and their well-being, and take no honour to themselves either for being, or for being what they are. Neither in our first or second creation dare we put so much as a finger upon the glory, for it is the sole right and property of the Almighty. To disclaim honour for ourselves is as necessary a part of true reverence as to ascribe glory to the Lord. “Non nobis, dominc!” will for ever remain the true believer’s confession. Of late philosophy has laboured hard to prove that all things have been developed from atoms, or have, in other words, made themselves: if this theory shall ever find believers, there will certainly remain no reason for accusing the superstitious of credulity, for the amount of credence necessary to accept this dogma of scepticism is a thousandfold greater than that which is required even by an absurd belief in winking Madonnas, and smiling Bambinos. For our part, we find it far more easy to believe that the Lord made us than that we were developed by a long chain of natural selections from floating atoms which fashioned themselves. We are his people, and the sheep of his pasture. It is our honour to have been chosen from all the world besides to be his own people, and our privilege to be therefore guided by his wisdom, tended by his care, and fed by his bounty. Sheep gather around their shepherd and look up to him; in the same manner let us gather around the great Shepherd of mankind. The avowal of our relation to God is in itself praise; when we recount his goodness we are rendering to him the best adoration; our songs require none of the inventions of fictions, the bare facts are enough; the simple narration of the mercies of the Lord is more astonishing than the productions of imagination. That we are the sheep of his pasture is a plain truth, and at the same time the very essence of poetry.

Verse 4. Enter into his gates with thanksgiving. To the occurrence of the word thanksgiving in this place the Psalm probably owes its title. In all our public service the rendering of thanks must abound; it is like the incense of the temple, which filled the whole house with smoke. Expiatory sacrifices are ended, but those of gratitude will never be out of date. So long as we are receivers of mercy we must be givers of thanks. Mercy permits us to enter his gates; let us praise that mercy. What better subjcct for our thoughts in God’s own house than the Lord of the house. And into his courts with praise. Into whatever court of the Lord you may enter, let your admission be the subject of praise: thanks be to God, the innermost court is now open to believers, and we enter into that which is within the veil; it is incumbent upon us that we acknowledge the high privilege by our songs. Be thankful unto him. Let the praise be in your heart as well as on your tongue, and let it all be for him to whom it all belongs. And bless his name. He blessed you, bless him in return; bless his name, his character, his person. Whatever he does, be sure that you bless him for it; bless him when he takes away as well as when he gives; bless him as long as you live, under all circumstances; bless him in all his attributes, from whatever point of view you consider him.

Verse 5. For the Lord is good. This sums up his character and contains a mass of reasons for praise. He is good, gracious, kind, bountiful, loving; yea, God is love. He who does not praise the good is not good himself. The kind of praise inculcated in the Psalm, viz., that of joy and gladness, is most fitly urged upon us by an argument from the goodness of God. His mercy is everlasting. God is not mere justice, stern and cold; he has bowels of compassion, and wills not the sinner’s death. Towards his own people mercy is still more conspicuously displayed; it has been theirs from all eternity, and shall be theirs world without end. Everlasting mercy is a glorious theme for sacred song. And his truth endureth to all generations. No fickle being is he, promising and forgetting. He has entered into covenant with his people, and he will never revoke it, nor alter the thing that has gone out of his lips. As our fathers found him faithful, so will our sons, and their seed for ever. A changeable God would be a terror to the righteous, they would have no sure anchorage, and amid a changing world they would be driven to and fro in perpetual fear of shipwreck. It were well if the truth of divine faithfulness were more fully remembered by some theologians; it would overturn their belief in the final fall of believers, and teach them a more consolatory system. Our heart leaps for joy as we bow before One who has never broken his word or changed his purpose.

“As well might he his being quit As break his promise or forget.”

Resting on his sure word, we feel that joy which is here commanded, and in the strength of it we come into his presence even now, and speak good of his name.


EXPLANATORY NOTES AND QUAINT SAYINGSTITLE. This is the only Psalm in the whole collection entitled “A Psalm of Praise.” It is supposed to have received this appellation because peculiarly adapted, if not designed to be sung, when the sacrifices of thanksgiving were offered. See Le 7:12. The Greeks think it was written by David, who here invites all the world to join with the Israelites in the service of God, whose divine sovereignty he here recognises. Samuel Burder.

Whole Psalm. If we are right in regarding Psalms 93-99 as forming one continuous series, one great prophetic oratorio, whose title is “Jehovah is King, “and through which there runs the same great idea, this Psalm may be regarded as the doxology which closes the strain. We find lingering in it notes of the same great harmony. It breathes the same gladness; it is filled with the same hope, that all nations shall bow down before Jehovah, and confess that he is God. J.J.S. Perowne.

Whole Psalm. This Psalm contains a promise of Christianity, as winter at its close contains the promise of spring. The trees are ready to bud, the flowers are just hidden by the light soil, the clouds are heavy with rain, the sun shines in his strength; only a genial wind from the south is wanted to give a new life to all things. “The Speaker’s Commentary, “1873.

Whole Psalm. Luther would have immortalized his name had he done no more than written the majestic air and harmony to which we are accustomed to sing this Psalm, and which, when the mind is in a truly worshipping frame, seems to bring heaven down to earth, and to raise earth to heaven, giving us anticipations of the pure and sublime delights of that noble and general assembly in which saints and angels shall for ever celebrate the praises of God. Ingram Cobbin.

Verse 2. The first half of this verse is from Ps 2:11, only that instead of “with fear, “there, where the psalmist has to do with fierce rebels, there is substituted here “gladness” or joy. F.W. Hengstenberg.

Verse 2. Serve the LORD with gladness. It is a sign the oil of grace hath been poured into the heart “when the oil of gladness” shines on the countenance. Cheerfulness credits religion. Thomas Watson.

Verse 2. Serve the LORD. It is our privilege to serve the Lord in all things. It is ours to please the Lord in loosing the latchet of a shoe; and to enjoy the expression of his favour therein. The servant of God is not serving at the same time another master; he has not been hired for occasional service; he abides in the service of his God, and cannot be about anything but his Master’s business; he eats, he drinks, he sleeps, he walks, he discourses, he findeth recreation, all by the way of serving God. Serve the Lord with gladness. Can you bear to be waited upon by a servant who goes moping and dejected to his every task? You would rather have no servant at all, than one who evidently finds your service cheerless and irksome. George Bowen.

Verse 3. Know ye that the LORD he is God, &c. From the reasons of this exhortation, learn, that such is our natural atheism, that we have need again and again to be instructed, that the Lord is God; of whom, and through whom, and for whom are all things. David Dickson.

Verse 3. It is he that made us… we are his. Now, the ground of God’s property in all things is his creating of all… Accordingly, you may observe in many scriptures, where the Lord’s propriety is asserted, this, as the ground of it, is annexed: Ps 89:11-12, the heavens, the earth, the whole world, and all therein is thine. Why so? “Thou hast founded them.” And so are all the regions and quarters of the world, northern and southern, western and eastern; for Tabor was on the west and Hermon on the east; all are thine, for thou hast created them. So sea and land, Ps 95:5. As all things measured by time, so time itself, the measure of all, Ps 74:16-17. “Thou hast made the light, “i.e. the moon for the night and the sun for the day. He lays claim to all the climes of the earth, and all the seasons of the year on this account; he made them. This will be more evident and unquestionable, if we take notice of these particulars:

1. He made all for himself. He was not employed by any to make it for another, for in that case sometimes the maker is not the owner; but the Lord did employ himself in that great work, and for himself did he undertake and finish it. Pr 16:4 Col 1:15-16.

2. He made all things of nothing, either without any matter at all, or without any but what himself had before made of nothing. A potter when he makes an earthenware vessel, if the clay be not his own which he makes it of, he is not the full owner of the vessel, though he formed it: “the form is his, the matter is another’s; “but since the Lord made all of nothing, or of such matter as himself had made, all is wholly his, matter and form, all entirely.

3. He made all without the help or concurrence of any other. There was none that assisted him, or did in the least co-operate with him in the work of creation… Those that assist and concur with another in the making of a thing may claim a share in it; but here lies no such claim in this case, where the Lord alone did all, alone made all. All is his only.

4. He upholds all things in the same manner as he created, continues the being of all things in the same way as he gave it. He does it of himself, without other support, without any assistant. All would fall into nothing in a moment, if he did not every moment bear them up. So that all things on this account have still their being from him every moment, and their well-being too, and all the means which conduce to it; and therefore all are his own. David Clarkson.

Verse 3. It is he that hath made us. The emperor Henry, while out hunting on the Lord’s day called Quinquagesima, his companions being scattered, came unattended to the entrance of a certain wood; and seeing a church hard by, he made for it, and feigning himself to be a soldier, simply requested a mass of the priest. Now that priest was a man of notable piety, but so deformed in person that he seemed a monster rather than a man. When he had attentively considered him, the emperor began to wonder exceedingly why God, from whom all beauty proceeds, should permit so deformed a man to administer his sacraments. But prescntly, when mass commenced, and they came to the passage, Know ye that the Lord he is God, which was chanted by a boy, the priest rebuked the boy for singing negligently, and said with a loud voice, It is he that hath made us, and not we ourselves. Struck by these words, and believing the priest to be a prophet, the emperor raised him, much against his will, to the archbishopric of Cologne, which see he adorned by his devotion and excellent virtues. From “Roger of Wendover’s (1237) Flowers of History.”

Verse 3. It is he that hath made us… we are his. Many a one has drawn balsatalc consolation from these words; as for instance Melancthon when disconsolately sorrowful over the body of his son in Dresden on the 12th July, 1559. But in “He made us and we are his, “there is also a rich mine of comfort and of admonition, for the Creator is also the Owner, his heart clings to his creature, and the creature owes itself entirely to him, without whom it would not have had a being, and would not continue in being. F. Delitzsch.

Verse 3. He that made us, i.e. made us what we are, a people to himself; as in Ps 95:5, 1Sa 12:6, and De 32:6. It was not we that made ourselves his (compare Eze 29:3). “He (and not we ourselves) made us His people, and the flock whom he feeds.” Andrew A. Bonar.

Verse 3. Not we is added, because any share, on the part of the church, in effecting the salvation bestowed upon her, would weaken the testimony which this bears to the exclusive Godhead of the Lord. F. W. Hengstenberg.

Verses 3, 5. Know ye what God is in himself, and what he is to you. Knowledge is the mother of devotion, and of all obedience; blind sacrifices will never please a seeing God. “Know” it, i.e. consider and apply it, and then you will be more close and constant, more inward and serious, in the worship of him. Let us know, then, these seven things concerning the Lord Jehovah, with whom we have to do in all the acts of religious worship.

1. That the Lord he is God, the only living and true God; that he is a being infinitely perfect, self-existent, and self-sufficient, and the fountain of all being.

2. That he is our Creator: It is he that hath made us, and not we ourselves. We do not, we could not make ourselves; it is God’s prerogative to be his own cause; our being is derived and depending.

3. That therefore he is our rightful owner. The Masorites, by altering one letter in the Hebrew, read it, “He made us, and his we are, “or, “to him we belong.” Put both the readings together, and we learn, that because God “made us, and not we ourselves, “therefore we are not our own but his.

4. That he is our sovereign Ruler. We are his people, or subjects, and he is our prince, our rector or governor, that gives laws to us as moral agents, and will call us to an account for what we do.

5. That he is our bountiful Benefactor;we are not only his sheep whom he is entitled to, but the sheep of his pasture, whom he takes care of.

6. That he is a God of infinite mercy and good (Ps 100:5); The Lord is good, and therefore doth good; his mercy his everlasting.

7. That he is a God of inviolable truth and faithfulness; His truth endureth to all generations, and no word of his shall fall to the ground as antiquated or revoked. Matthew Henry.

Verse 4. Enter into his gates; for to the most guilty are the gates of his church open. Francis Hill Tucker.

Verse 4. With thanksgiving. On the word hrwt the word used in Le 7:12 for sacrifices of thanksgivings], Rabbi Menachen remarks: All sacrifices will be abolished; but the sacrifice of thanksgiving will remain. George Phillips.

Verse 4. The former part of this Psalm may have been chanted by the precentor when the peace-offering was brought to the altar; and this last verse may have been the response, sung by the whole company of singers, at the moment when fire was applied to the offering. Daniel Cresswell.

Verse 5. His mercy is everlasting. The everlasting unchangeable mercy of God, is the first motive of our turning to him, and of our continuing stedfast in his covenant, and it shall be the subject of unceasing praise in eternity. As the Lord is good, and his mercy everlasting, so the full perfection of these attributes in a perfect state will call forth praise unwearied from hearts that ever faint. W. Wilson.


HINTS TO THE VILLAGE PREACHERWhole Psalm. This is a bunch of the grapes of Eshcol. It is a taste of what is still the promised land. The Jewish church came to its perfection in the reign of Solomon, but a greater than Solomon is here. The perfection of the New Testament church is here anticipated. This psalm teaches,

1. That there will be a joyful state of the whole world (Ps 100:1). (a) To whom the address is given—to “all lands, “and all in those lands. (b) The subject of the address—”Make a joyful noise.” What a doleful noise it has made! (c) By whom the address is given, by him who secures what he commands.

2. That this joyful state of the whole world will arise from the enjoyment of the Divine Being (Ps 100:2). (a) Men have long tried to be happy without God. (b) They will find at last that their happiness is in God. The conversion of an individual in this respect is a type of the conversion of the world.

3. That this enjoyment of God will arise from a new relation to him (Ps 100:3). (a) Of knowledge on our part: he will be known as the Triune God, as a covenant God, as the God of salvation—as God. (b) Of rightful claim on his part; (1.) by right of creation—”He hath made us; ” (2.) By light of redemption—”Ye were not a people, but are now the people of God, “&c.; “I have redeemed thee: thou art mine”; (3.) by right of preservation—”We are the sheep, “&c.

4. That this new relation to God will endear to us the ordinances of his house (Ps 100:4). (a) Of what the service will consist—”thanksgiving” and praise. (b) To whom it will be rendered. Enter into his gates—his courts—be thankful unto him—bless his name. That this service will be perpetual; begin on earth, continued in heaven. This fact is founded—

5. That this service will be perpetual; begun on earth, continued in heaven. This face is founded—(a) Upon essential goodness. “For the Lord is good.” (b) Upon everlasting mercy. “His mercy, “etc. (c) Upon immutable truth. “His truth, “etc. G. R.

Verse 2. Serve the LORD with gladness.

1. For he is the best of beings.

2. For his commandments are not grievous.

3. For he is your Saviour, as well as Creator; your friend, as well as Lord.

4. The angels, so much greater than yourself, know no reason why they should not serve him with gladness.

5. In serving him you serve yoreself.

6. You make religion attractive.

7. You get fitness for heaven. George Bowen.

Verse 2 (first clause) A true heart,

1. Is humble—serves. 2. Is pious—”serve the Lord.” 3. Is active—serves. 4. Is consequently joyful—”with gladness.”

Verse 2. (first clause). “Serving the Lord with gladness.” See “Spurgeon’s Sermons, “No. 769.

Verse 3. Know ye that the LORD he is God. That you may be true amid superstition, hopeful in contrition, persistent in supplication, unwearied in exertion, calm in affliction, firm in temptation, bold in persecution, and happy in dissolution. W. J.

Verse 3. We are his people. We have been twice born, as all his people are. We love the society of his people. We are looking unto Jesus like his people. We are separated from the world as his people. We experience the trials of his people. We prefer the employment of his people. We enjoy the privileges of his people. W. J.

Verse 4. A Discourse of Thankfulness which is due to God for his benefits and blessings. A Sermon by Thomas Goodwin. Works, vol. 9 pp. 499-514. Nichol’s edition.

Verse 4.

1. The privileges of access. 2. The duty of thankfulness. 3. The reasons for enjoying both.

Verse 5.

1. The inexhaustible fount—the goodness of God. 2. The ever-flowing stream—the mercy of God. 3. The fathomless oceansthe truth of God. “O the depths!” W. Durban

All rights belong to the collections of Charles Spurgeon(C)

BREAK THE BONDAGE OF SIN

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 (KJV)
And he answered, Fear not: for they that be with us are more than they that be with them.

What it really means for you to live free

July 24, 2013

He answered, “Have you not read that he who created them from the beginning made them male and female, and said, ‘Therefore a man shall leave his father and his mother and hold fast to his wife, and the two shall become one flesh’? So they are no longer two but one flesh. What therefore God has joined together, let not man separate.”

Matthew 19:4-6

I love history. And one of my favorite eras of history to read about is the American Civil War. Not long ago, I read an article about slaves who were liberated at the end of the war. The article went into depth about how many of those slaves were afraid to be liberated, so they stayed with their masters and lived in bondage for the rest of their lives.

I know so many Christians who’ve become so accustomed to living their lives in bondage to their past that they continue to live in it even after they’ve been liberated in Christ. They find comfort in the same habits and hang-ups they did before and never really try to break the cycle of pain and destruction.

But the Bible tells you and me that once we’re in Christ, we don’t have to go back to the way things were. Yes, we may still have the same sin struggles, but we no longer have to submit to them because we’ve been set free from the old way of doing things. What wonderful news!

Maybe today, you’re still under the bondage of some of the past. Maybe there’s even some behavior in your life that has a grip on you and you don’t see a way out. But there is a way. By the power of Christ, you can be set free from every sin pattern in your life. Submit to Him today and release yourself from the past. Live free.

BREAK THE BONDAGE OF SIN AND LIVE FREE FROM THE PAIN AND DESTRUCTION OF THE OLD LIFE!


For more from PowerPoint Ministries and Dr. Jack Graham, please visit www.jackgraham.org

 

JUNE 14, 2014 HAYSTACK PRAYER

 The whole earth will hear

To those who have not heard

My ambition has always been to preach the Good News where the name of Christ has never been heard, rather than where a church has already been started by someone else. I have been following the plan spoken of in Scriptures, where it says, “Those who have never been told about him will see, and those who have never heard of him will understand.”

Romans 15:20-21 NLT

Under a haystack

 

Williams College in Williamstown, Massachusetts, was just twelve years old in 1805 when the Second Great Awakening reached the school. In the spring of 1806 Samuel Mills joined the freshman class with a passion to spread the gospel around the world. He began leading a group of four other students, who met three afternoons a week in a nearby maple grove.

One sultry day in August 1806 a violent thunderstorm interrupted their prayer time, and they took refuge on the sheltered side of a large haystack. God spoke to them as they prayed, and four of the five committed themselves to serving God overseas if he so led. The Haystack Prayer Meeting was not only the beginning of the first American student mission society but also the beginning of the American foreign missionary movement itself.

Two years later many of the group enrolled at Andover Seminary where they were joined by Adoniram Judson and others interested in foreign missions, but there was no foreign missions board in America to send them. Acting on the advice of a teacher, the students wrote a letter to the General Association of the Congregational Church. Two days later, on June 29, 1810, the association responded by forming the American Board of Commissioners for Foreign Missions.

From that humble beginning the foreign missions force of the United States has grown to over sixty thousand missionaries sent out by hundreds of mission boards.

Adapted from The One Year® Book of Christian History by E. Michael and Sharon Rusten (Tyndale, 2003), entry for June 29.

Content is derived from the Holy Bible, New Living Translation and other publications of Tyndale Publishing House

 

May 18, 2013 WARNING TO PASTORS TEACHING FALSE DOCTRINE

Mark 8:33-35

 

 

America, repent before it is to late!  False pastors teaching false doctrine—>YOU are leading the sheep astray—> your accountability to Christ (John 3:16) is very high!!  He took our place on the cross to pay for our sins.  Why do you insist on being antichrist?  Who are you to mock God to his face? Why are you worshipping false pagan gods?  You are lovers of self and are of the world!  You have passed judgement on yourselves.

 REPENT!  JESUS SAID:

Revelation 3:16-18             (AKJV)

16 So then because thou art lukewarm, and neither cold nor hot, I will spue thee out of my mouth. 17 Because thou sayest, I am rich, and increased with goods, and have need of nothing; and knowest not that thou art wretched, and miserable, and poor, and blind, and naked: 18 I counsel thee to buy of me gold tried in the fire, that thou mayest be rich; and white raiment, that thou mayest be clothed, and that the shame of thy nakedness do not appear; and anoint thine eyes with eyesalve, that thou mayest see.

JESUS CHRIST IS LIVING WATER

May 20, 2013 Come and See!

Come and See!

credit:  inspiredmessages.org

Psalm 66:1-20

In Psalms 65 and 66, the psalmist recounts all that God has done and all that he has created. In jubilant psalms of praise, the psalmist describes God’s “awesome and righteous deeds” (Ps 65:5), God’s power displayed in his creation, God’s abundance in caring for the land and watering it, God’s bounty in providing for humankind and animals alike. “Come and see what God has done,” he says in Psalm 66. “his awesome deeds for mankind” (Ps 66:5). Physician and author J. Matthew Sleeth invites us to share the healing that comes from bearing witness to the miracle of God’s creation:

When the psalmists advise us how to heal spiritually, they do not tell us to purchase a television, car, house, self-help book, or exercise equipment. God, they say, is to be found in the natural world that he created, a world filled with the grandeur, beauty, and peace that are so often lacking in our material world.

What remedy does God prescribe for our souls? [Quiet] waters and green pastures (see Ps 23:2). Find a place where there is nothing man-made in sight. Sit or lie down. Be still, and know who God is (see Ps 46:10). Do not pray. Do not worry. Do not think. Your house, your cell phone, and your new kitchen do not give glory to God. The Bible states that if it is God-made (streams, mountains, birds, trees), it praises God … When only God-made things surround you, you are in a fellowship of praise.

If you live in a city, try to find one small area that consists of only God-made things. If you must, lie on your stomach and stare at a one-square-foot area. If there is noise or highway sound, put your hands over your ears. You will hear the sound of your own pulse and breath. That’s okay. And that’s the point. You are God-made. We have forgotten that we have far more in common with a honeybee than we do with our SUV or DVD …

Perhaps many of our problems, including those of depression and anxiety, are warning signals that we are living a lifestyle that God does not sanction or want us to lead. The response to mental pain and discomfort should be to seek restoring connection with God. In seeking quiet moments, green pastures, and still waters, we may find just what our souls need.

Do you know in which direction the Milky Way traverses the sky? As the phases of the moon progress, does the light go from right to left, or left to right? Can you identify a greater number of trees or cars? If the Bible says God knows every flower and bird, why do we spend so much effort knowing the names of man-made items? Maybe we’re paying attention to the wrong things. Maybe this is why life seems so hard. If this is our Father’s world, maybe we should pay more attention to it. 

Think About It 

  • In what ways does your culture and lifestyle distract you from God’s created world?
  • In what ways does God’s creation reflect his glory?
  • What within you needs healing? 

Act on It 

Follow Sleeth’s advice. Get outside this week and surround yourself with only God-made things. Worship God in the company of his creation.